Había una vez un gigante llamado Arogo. Poderoso y jovial, se enamoró de Aloya, quien era una mortal. El amor que se tenían mutuamente era uno de esos verdaderos y vivían más que felices. Pero un día, Aloya falleció.
Arogo, en medio de su dolor y miseria, lloró y lloró insaciablemente por días y por noches. Cuando sus lágrimas se secaron, las montañas de chocolate se formaron.
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